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actores sociales legítimos, los líderes barriales han sido instrumentalizados como herramientas de movilización
política, debilitando su credibilidad y capacidad de influencia. En esta línea, Hütt y Hernández (2023) señalan
que, aunque las nuevas formaciones políticas prometen transformaciones, en la práctica reproducen sistemas de
control clientelar que intensifican la desconexión entre ciudadanía e instituciones.
Desde el plano normativo, el análisis evidencia que, si bien el cantón dispone de una normativa específica
creada en 2011 para regular la participación ciudadana y la supervisión social, su aplicación ha sido superficial y
limitada. Este marco legal, que debería garantizar el derecho de los ciudadanos a involucrarse en la gestión
pública, ha sido reducido a un cumplimiento formal sin impacto real. En el examen documental no se encontraron
registros de reuniones barriales, audiencias públicas ni veedurías relacionadas con decisiones municipales
importantes, como las referentes al presupuesto de los años 2023, 2024 y 2025. Esta carencia contrasta con lo
dispuesto en el COOTAD, cuyo artículo 304 exige a los gobiernos autónomos descentralizados establecer
mecanismos permanentes de participación. En consecuencia, la participación ciudadana queda supeditada a la
voluntad política de turno, configurando un escenario de cumplimiento formalista sin asegurar el derecho
sustantivo de la comunidad a ser escuchada. Como advierte Signorelli (2024), este tipo de participación
pragmática no responde a los fundamentos de la democracia local, pues carece de profundidad y de incidencia
en la toma de decisiones públicas.
Otro hallazgo relevante es la ausencia de un registro formal que documente los procesos de consulta
comunitaria vinculados a las principales obras del Plan de Desarrollo y Ordenamiento Territorial (PDOT), tales
como la infraestructura pesquera en Ecuatún, el mercado de transferencias o el nuevo terminal terrestre. Aunque
estas iniciativas representan oportunidades significativas para el desarrollo económico y urbano del cantón, fueron
diseñadas sin instancias deliberativas, sin asambleas comunitarias y sin evidencia de apoyo popular. La omisión
de estos procedimientos resulta alarmante, ya que invisibiliza la necesidad de reconocer a los barrios como
actores legítimos en la planificación territorial. En este sentido, Oregi et al. (2023) sostienen que los procesos de
participación deben incluir una fase preliminar de identificación de actores clave y análisis del contexto, a fin de
garantizar decisiones más democráticas y sostenibles. La ausencia de tales prácticas en La Libertad refleja una
gestión municipal orientada a un enfoque tecnocrático, en detrimento de la inclusión ciudadana.
El distanciamiento entre la población y las autoridades locales también se evidencia en los altos niveles
de desconfianza, apatía y desinterés social. Cuando la ciudadanía percibe que su voz no es considerada,
disminuye su motivación para participar en los procesos públicos, lo que agudiza la crisis de legitimidad
institucional. Al respecto, Reyes (2021) documenta cómo sustituir mecanismos auténticos de participación por
prácticas clientelares debilita la cohesión barrial y genera mayor sensación de exclusión. De igual forma, Carvajal
y Bunster (2024) afirman que, para fortalecer el bienestar comunitario, resulta indispensable promover el capital
social, la unidad y el empoderamiento ciudadano, factores que son escasos en diversos sectores del cantón. La
apatía generalizada se refleja en la falta de responsabilidad compartida frente a problemas cotidianos como el
descuido de espacios públicos, el inadecuado manejo de desechos y la inseguridad barrial. Aspectos que, en
otros contextos, podrían impulsar la organización comunitaria, en La Libertad son asumidos con resignación.
Desde la perspectiva política, el gobierno municipal no ha demostrado una intención real de fomentar una
gestión inclusiva ni de integrar a las organizaciones barriales en el ciclo de políticas públicas. Por el contrario, se
ha identificado una tendencia a convocar a los líderes únicamente en actos ceremoniales, excluyéndolos de los
espacios de decisión. Castro (2023) plantea que la educación ciudadana debe orientarse a problemas
comunitarios específicos, algo inviable cuando los representantes barriales son marginados del debate público.
La falta de autonomía, la escasa formación técnica y la subordinación política frente a las autoridades locales
restringen la consolidación de los líderes barriales como actores legítimos en la gobernanza. En consonancia,
Schneider et al. (2021) sostienen que las estructuras de oportunidad política dominadas por el clientelismo y el
centralismo limitan significativamente la participación ciudadana a nivel local.
Ante este escenario, los hallazgos permiten proponer diversas estrategias para mejorar la inclusión de la
población en los procesos de gestión pública. En primer lugar, resulta imprescindible institucionalizar los
mecanismos de participación establecidos en la normativa vigente, como presupuestos participativos, veedurías
sociales, cabildos abiertos y asientos vacíos, de modo que no dependan de la discrecionalidad política del
gobierno local. En segundo lugar, se requiere reestructurar y fortalecer el liderazgo barrial, promoviendo procesos
democráticos internos y fomentando la capacitación técnica continua. Finalmente, se recomienda implementar
campañas de sensibilización e información ciudadana que fortalezcan el ejercicio de derechos y el desarrollo de
una cultura política activa. En este sentido, Franco (2023) enfatiza que la gobernanza participativa debe
trascender el marco normativo y consolidarse como una práctica real que involucre a la ciudadanía en todas las
etapas de la gestión.