Ordoñez, B., Fernández, L., & Sancho, D. (2026). Efectividad del aprendizaje basado en proyectos en la adquisición de
habilidades sociales en niños. Revista InveCom, 6 (1). 1-12. https://zenodo.org/records/15501505
10
espacios interactivos en los que los niños formulan ideas, colaboran activamente y se motivan entre sí. Estas
dinámicas favorecen la escucha activa, el respeto por las opiniones de los demás y el trabajo en equipo,
competencias esenciales para una socialización saludable.
Asimismo, el ABP fortalece el componente socioemocional al promover el autoconocimiento y la
autorregulación emocional. Investigaciones como las de Solís-Pinilla (2021) y Martínez (2023) indican que, al
basarse en los intereses del propio niño, esta metodología estimula la autonomía, la creatividad y el aprendizaje
significativo, contribuyendo a un desarrollo integral que trasciende lo estrictamente académico.
Otro aporte relevante se encuentra en la motivación y el rendimiento. Gutiérrez et al. (2023) y Sanmartín
(2022) reportan que los niveles de entusiasmo aumentan cuando se integran elementos lúdicos como juegos,
canciones o dinámicas grupales. Estas estrategias incrementan la participación activa y la interacción social,
reforzando los vínculos interpersonales y la disposición a colaborar.
Desde una perspectiva inclusiva, Cascales y Carrillo (2018) y Román y Erazo (2017) afirman que el ABP
favorece el desarrollo integral de niños con diversas capacidades, integrando dimensiones intelectuales,
emocionales y sociales, y adaptándose a las necesidades individuales en contextos de diversidad funcional y
cultural. En este mismo sentido, actividades lúdicas como dramatizaciones, juegos simbólicos y narraciones
cumplen un rol central. Según Catrina (2015) y Hernández (2022), estas actividades ayudan a los niños a canalizar
emociones, disminuir el estrés y resolver conflictos de manera constructiva.
La efectividad del ABP también se ha evidenciado en contextos no presenciales. Peñaherrera (2023) y
Uriostegui y Gamboa (2024) destacan su utilidad en entornos de educación a distancia, donde, pese a limitaciones
tecnológicas, el enfoque ha demostrado ser flexible y útil para fomentar la colaboración, el pensamiento crítico y
la resolución de problemas.
No obstante, diversos estudios subrayan desafíos importantes. Mendoza y Valencia (2020) señalan la
falta de formación docente como una barrera recurrente para la implementación eficaz del ABP, especialmente
en contextos con recursos limitados. Torres-Mendoza (2021) añade que el diseño, planificación y ejecución de
proyectos requiere una inversión de tiempo significativa, lo cual puede dificultar su integración en las rutinas
escolares convencionales.
En contextos vulnerables, Ramírez y Quintero (2023) observaron que la carencia de materiales y espacios
adecuados incide directamente en los resultados del ABP. Por su parte, Fernández-Cabezas et al. (2022) alertan
sobre las dificultades para realizar una evaluación individual precisa en actividades grupales, lo que puede limitar
la medición efectiva del desarrollo socioemocional.
Frente a otras metodologías activas, el ABP presenta ventajas notables. Moreno-López y Sánchez (2022)
compararon este enfoque con el modelo Reggio Emilia y concluyeron que ambos favorecen el desarrollo social;
sin embargo, Reggio Emilia permite una documentación más detallada de los procesos, lo que facilita el análisis
pedagógico. Vázquez y Ordóñez (2021), al contrastarlo con el método Montessori, señalaron que el ABP estimula
más la colaboración grupal, mientras que Montessori se orienta al desarrollo de la autonomía individual. Esta
comparación sugiere que una integración metodológica podría potenciar tanto el desarrollo colectivo como
individual del niño.
La investigación cuasiexperimental de Izquierdo-González (2023) aporta evidencia empírica sólida sobre
la efectividad del ABP: se observaron mejoras significativas en empatía, autoconfianza y resolución colaborativa
de problemas en los niños que participaron en proyectos, en comparación con aquellos del grupo control. En un
estudio comparativo, Chen y Wu (2024) encontraron que el ABP resulta más eficaz que el aprendizaje basado en
juegos (GBL) para fomentar habilidades como la negociación y la construcción de consensos, mientras que el
GBL benefició más a niños con estilos de aprendizaje más introvertidos.
El metaanálisis de García-Rodríguez et al. (2024), basado en 42 estudios experimentales, refuerza estos
resultados al concluir que el ABP supera a metodologías como el aprendizaje basado en problemas o el
aprendizaje colaborativo estructurado en cuanto al desarrollo social, especialmente en contextos culturalmente
diversos. Sin embargo, también señala que las comunidades de aprendizaje alcanzan resultados similares,
particularmente en poblaciones en situación de vulnerabilidad, lo que enfatiza la necesidad de contextualizar la
intervención educativa.
Otros estudios, como el de Sánchez (2021), evidencian que el ABP promueve la empatía y la colaboración
cuando los proyectos son significativos para los niños. Palomares (2017) resalta que la planificación y la
evaluación continua son claves para garantizar la eficacia del proceso de aprendizaje social. Santina y Villao
(2023) abordan el ABP desde una perspectiva intercultural y señalan que fomenta el respeto por la diversidad
étnica y cultural, contribuyendo a la convivencia en aulas plurales.